Coronillas

Un árbol nuestro para una fiesta de todos

El año pasado dedicamos una entrada de este blog a los árboles navideños. Dijimos que no eran pinos sino abetos -o píceas- y comentamos la muchas veces un tanto ridícula representación que armamos los uruguayos al intentar crear un ambiente navideño en un país austral.

 

En Uruguay hace casi cien años que el feriado del 25 de diciembre no celebra oficialmente la Navidad sino la Fiesta de la Familia. Sin embargo hasta los más ateos, por la fuerza de la costumbre o de la publicidad, se empeñan en llamarla Navidad. Del mismo modo y como consecuencia de las mismas fuerzas coactivas, nos empeñamos en recrear un paisaje simbólico extraño habitado por renos, árboles nevados y extraños personajes abrigados para viajar a través de la lejanísima tundra.

 

Es verdad que de los variados y calóricos menúes regionales que acompañan la Navidad en Europa apenas conservamos la tradición de los turrones, la fruta confitada y el capricho del panettone italiano -que por otra parte es un bizcochuelo que en Italia se come a lo largo del año y no exclusivamente en Navidad-. Pero bastan los turrones para darnos cuenta de que hay algo profundamente disfuncional y extemporáneo. ¿A quién se le ocurriría sacar la sombrilla y la reposera al jardín y sentarse a tomar un helado a mediados de julio? La escena no resulta más ridícula que la de reunirse alrededor de un pino falsamente nevado a comer turrones.

 

Es verdad que hay algo divertido en la representación, algo que nos recuerda a los disfraces del carnaval, que nos sirven para ser otros por una noche. ¿Qué alternativa nos queda de todos modos? ¿Cómo engalanar la Fiesta de la Familia que concienzudamente nos regalaron aquellos batllistas masones para que nadie se quedara fuera del festejo ni se viera obligado a adorar dioses ajenos? Si conseguimos reinventar el carnaval y paganizar las pascuas, ¿qué nos falta para celebrar la Fiesta de la Familia sin hacer el ridículo? Aunque a menudo estoy a favor del ridículo, creo que nos merecemos inventarnos nuestras festividades del mismo modo que aquellos legisladores de principios del siglo pasado inventaron un país.

 

Hace ya 94 años que se promulgó la ley que secularizó la fiesta del 25 de diciembre. Tal vez es tiempo de buscar en lugares más cercanos los elementos para adornar nuestra Fiesta de la Familia.

 

Empezando por el árbol.

 

Podemos empezar por el árbol. ¿Qué árbol elegiríamos? Después de pensarlo por un tiempo, me di cuenta de que el árbol de la Fiesta de la Familia es el coronilla. Sí, ese que arde en las churrasqueras la noche del 24 de diciembre, al calor de cuyas brasas se cocina lentamente el lechón, el cordero o el jugoso asadito. Ése es nuestro árbol venerable.

 

No es un árbol de gran altura que se eleve al cielo ni tiene una arquitectura definida y regular. No, es un “árbol o arbusto” como la mayoría de los que pueblan nuestros montes indígenas, de ramas espinosas, anárquicas y desordenadas. Su copa tiene esa forma que en las descripciones botánicas aparece como “globosa” pero que en la realidad es un tumulto de ramillas, hojas y espinas que crecen allí donde encuentran espacio. Pero como estamos celebrando una fiesta pagana ¿qué más da que nuestro árbol no se eleve al cielo y crezca más a la altura y escala de los mortales?

 

Pero el coronilla, nuestro querido coronilla, es más una víctima de las fiestas tradicionales que un objeto de culto. Vaya injusticia. Mientras adornamos y emperifollamos árboles de plástico o pinos que se deshidratan en el living de las casas, quemamos nuestros montes indígenas para la cena. Los árboles de nuestros montes a veces parecen estar más lejos que las coníferas de la tundra siberiana. Acaso si el coronilla creciera en nuestro jardín ¿lo talaríamos para cocinar el asadito? Pues no estaría nada mal. Seguramente en nuestro barrio o en nuestro pueblo o ciudad hay algún terreno o parque donde podríamos cultivar coronillas para el asado.

 

¿Por qué no empezamos ya, ahora mismo, a plantar coronillas cada 25 de diciembre como muestra de agradecimiento al monte? Es verdad que los que plantemos hoy sólo nos darán leña dentro de muchos diciembres, pero de eso se tratan las tradiciones, no sólo de repetir una herencia sino de conservarla para las futuras generaciones.

Monte

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4 comentarios en “Un árbol nuestro para una fiesta de todos

  1. Reflexiones si las hay!!!.Un llamado S.O.S,un sacudón al intelecto?.No he armado árboles, ni papá Noel, ni como carne…y pienso ahora Que es lo que festejoooo????.
    Buenazo el pensamiento…Gracias!!!!

    1. Gracias por el comentario, Raquel. Y festejá que está buenísimo. Fijate que media humanidad está festejando algo por estas fechas más o menos (y digo media humanidad por decir algo porque no sé cuántos serán, pero sé que son muchos). Festejá lo que se festeja desde hace miles de milenos, antes de los cristianos y de los romanos y de los griegos. Festejá que llega el verano y festejá a las personas que te acompañan. A mi me parece un acierto que hayan elegido la fiesta de la familia, porque es algo que todos tenemos. No de la familia perfecta de los avisos navideños de Coca Cola, sino la familia que tenemos. La biológica, la elegida, la de los amigos… y la de todos los que nos acompañan de cerca y también de lejos. ¡Feliz fiesta de la familia!

  2. Elo, como tantas otras ideas tuyas,, ésta de elegir al sacrificado Coronilla como nuestro árbol de Navidad está para aplaudirte..
    La foto que elegiste me llenó de nostalgias de nuestros campos y eso que estoy acá!, en verdad que ni nos damos cuenta de cuán bonito es nuestro país y de la riqueza forestal que bordea los ríos y arroyos.
    Estoy segura que los árboles nativos entienden tus palabras y corresponden al amor que sientes por ellos, por eso salen tan hermosos cuando los fotografías.. Es para halagarte y agradecerte.
    Festejemos sí la Navidad o el Día de la Familia como inteligentemente los batllistas fundadores nombraron esta celebración antes pagana y no importa si alguien lo hace en soledad o en compañía, con nieve o con sol, es la disposición del espíritu lo que cuenta y el caudal del cariño que podamos sentir. .
    Y hago votos para que El árbol que habla siga diciendo sus profundas verdades.
    Querido árbol, FELICES FIESTAS ,

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