En el principio fue Linneo

Siempre me ha llamado la atención la devoción de los pueblos más septentrionales por las plantas. Como si los largos meses de invierno y la nieve implacable les hicieran vivir la resurrección primaveral -que encuentra su mejor expresión en la vegetación- de una manera especialmente intensa. No me extraña, entonces, que el más célebre de los botánicos -después de Darwin- haya nacido en Escandinavia.

Carl Nilsson Linnæus -Linneo para los hispanohablantes- nació en 1707 en Råshult,una localidad sueca cuya característica más notable es, probablemente, la de haber sido el lugar de nacimiento de Carl Nilsson Linnæus. A diferencia de otros botánicos de su época, Linneo no provenía de una familia acomodada. Fueron sus estudios, su perseverancia, algo de desfachatez y también su habilidad para establecer vínculos con actores influyentes lo que le permitió convertirse en uno de los naturalistas más prestigiosos de su tiempo, ser nombrado caballero y cambiar su nombre por Carl von Linné después de recibir un título nobiliario.

Trabajador incansable y gran comunicador, Linneo debió ser consciente de la importancia del prestigio personal para el éxito de su carrera y no tuvo ningún pudor en aseverar refiriéndose a sí mismo que “Nadie ha transformado la ciencia más completamente e iniciado una nueva época. Nadie ha ordenado los diferentes grupos de la naturaleza en un orden tan perfecto. (…) Nadie ha tenido mayor renombre en todo el mundo”. Linnaeus retrato Más allá de que la modestia no fuera la más evidente de sus virtudes, las opiniones de Linneo acerca de Linneo no estaban muy lejos de la realidad. Su obra Species Plantarum publicada en 1753 se convirtió en el punto de partida de la nomenclatura botánica actual y la décima edición de su Systema Naturae (1758) adquirió el mismo valor fundacional para la nomenclatura zoológica.

A los efectos de simplificar la presentación y la lectura de la primera edición de Systema Naturae (1735), Linneo utilizó el sistema binominal para nombrar plantas y animales, asignando un sustantivo y un adjetivo en latín para cada especie. Por aquellos tiempos estaba muy de moda entre los eruditos utilizar largos nombres descriptivos. El tomate, por ejemplo, podía encontrarse en los textos como: ‘Solanum caule inermi herbaceo, foliis pinnatis incisis, racemis simplicibus’. En aras de la brevedad, Linneo redujo el nombre al más simple Solanum lycopersicum. Aunque no fue Linneo el inventor del sistema binominal, fue él quien consiguió popularizarlo en la comunidad científica de su tiempo.

Este médico sueco, hijo de un pastor luterano, dedicó su vida a desarrollar un sistema de clasificación y de nomenclatura que permitiera catalogar la totalidad de los seres vivos. En su tiempo se lo conoció como “el segundo Adán” y en la ilustración que acompaña la portada de la decimoprimera edición de Systema naturae aparece sentado en el jardín del Edén, con un libro en su regazo, completando la obra de su predecesor, el primer Adán.

La tarea de bautizar a todos los seres vivos y ubicarlos dentro de un sistema jerárquico coherente no fue el único emprendimiento titánico de Linneo. También intentó cultivar té, café, cacao, arroz, bananas y toda clase de plantas útiles exóticas, que no prosperaron en el clima sueco. El sueño de Linneo era contribuir a la prosperidad de su país, muy dependiente las importaciones y bajo constante amenaza de hambrunas. El bienestar de Suecia tardaría algún tiempo en llegar y vendría de la mano de la industria.

Linneo pasó a la posteridad con títulos honoríficos tales como “padre de la taxonomía” y “príncipe de los botánicos”. Aunque más que la probada idoneidad del sistema de nomenclatura que popularizó, más que sus dotes como docente y comunicador, más que todo el autobombo y los cumplidos que recibió de destacadas personalidades como Goethe o Rousseau (1), fue tal vez el hecho de que su sistema se aplicara también a la zoología, la razón última por la cual el prestigio de Linneo no murió con los contemporáneos que lo admiraron. Si sus propuestas hubieran quedado restringidas al submundo de las plantas, Linneo sería tal vez y al igual que muchas celebridades botánicas, un ilustre desconocido.

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(1) Goethe escribió: “A excepción de Shakespeare y Spinoza, no conozco a nadie entre los que ya no viven que me haya influido más poderosamente”. El filósofo Jean Jacques Rousseau le envió un mensaje con un elogio difícil de superar: “Díganle que no conozco a un hombre más grande sobre la tierra.”

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Foto del título: Linnaea borealis L. (por Brian Gratwicke, Wikimedia Commons)
Linneo adoptó esta encantadora plantita de la flora sueca como su emblema personal. Aparece en su escudo de armas y en muchos de sus retratos. Quizás la pequeña Linnaea borealis L. nos esté dando alguna pista acerca de aspectos poco evidentes de la personalidad del autor de su nombre.
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5 comentarios en “En el principio fue Linneo

  1. Me encanto, saber más sobre este ser, que ocupo su existencia en saber, ordenar, clasificar a los increibles seres con clorofila. Pero más aun, saber que eligió para si, a una planta familiar de la madreselva, que también habita debajo de los bosques, inunda con una exquisita fragancia, es rustica e inmensamente bella. Gracias al árbol, por tan lindo relato,que informa,y reanima.

    1. Linneo es un personaje fascinante. Hay mucho para contar sobre él, así que se me hizo difícil ser breve. A mí me cae muy simpático. Las frases que cito, en el que se vanagloria de sus éxitos y virtudes, están extraídas de un texto más largo en el que habla maravillas de sí mismo. Presumo que además de publicitarse, se estaba defendiendo. Había mucha gente que no lo quería y creo que la envidia tenía que mucho que ver en el asunto. Y él, en lugar de agachar la cabeza -siendo que no venía precisamente de la aristocracia- responde diciendo que él es el crack de los cracks, jaja. Al menos así es como yo me lo imagino. Es lo que tienen las historias que cuentan los árboles, mucho de verdad y otro tanto de color :). La Linnaea borealis ¡una maravilla! viste que se parece mucho a una vieja conocida… ¡la abelia!… y la dejo picando para algún otro post. Gracias por los comentarios, Raquel!

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